Planificar un viaje es tanto un arte como una ciencia, ¿no te parece? En artículos anteriores, hemos investigado a los expertos sobre el mejor momento para reservar un vuelo y hemos descubierto los errores más comunes al reservar vuelos (definitivamente, lee ese artículo también).
Todos sabemos que se necesita mucha investigación para reservar vuelos, pero eso no es todo lo que se necesita para planificar bien un viaje.
Puede que sea experto en la ciencia de reservar billetes de avión y comprar el equipo adecuado, y en el arte de trazar el itinerario perfecto. Sin embargo, puede estar cometiendo algunos errores costosos sin siquiera saberlo.
Estos son los principales errores en la planificación de viajes de vacaciones que no sabes que estás cometiendo.
Olvidarse de probar el equipo nuevo antes de partir
Probablemente hayas comprado la chaqueta impermeable, los zapatos para caminar o la mochila perfectos y ahora crees que ya no necesitas más. ¡Espera un momento!
¿Cuántas veces has comprado algo «perfecto» y luego lo odiaste a la media hora de empezar el día? Me vienen a la mente ampollas en los tobillos y dolor de espalda.
¿Ya has probado el equipo? No solo te lo has probado, lo has probado.
Antes de poder estar completamente seguro de que tienes el equipo adecuado, tienes que interactuar con él. Ponerlo a prueba, por así decirlo. Ponte esos zapatos nuevos o botas de montaña y llévalos a dar un largo paseo, tal como lo harás en tu viaje. Carga la mochila con todo lo que planeas llevar y llévala a dar ese paseo.
Estarás contento de haberlo hecho.
No aprender sobre la cultura local
Es esencial ser respetuoso con la cultura local del lugar al que viajas y no puedes esperar poder respetar las tradiciones si no sabes cuáles son.
Por ejemplo, ¿sabías que en los Países Bajos en Navidad la figura central no es Papá Noel sino Sinterklaas? Sinterklaas viene desde España, según la tradición, y viaja en barco con sus ayudantes. ¿Y tenías idea de que la Nochevieja en Italia se celebra comiendo lentejas? Tómate un tiempo para conocer la cultura local del lugar al que planeas viajar. Serás mejor recibido si lo haces.
Conocer un poco de la cultura local cuando se viaja es como tener un mapa invisible que te guía para entender mejor lo que ves, lo que oyes y, sobre todo, cómo se vive en ese lugar. Te ayuda a no ser simplemente un espectador, sino a conectar de verdad con la gente y con las pequeñas cosas cotidianas que hacen único a cada rincón del mundo.
Recuerdo una vez en Japón, en Kioto, que estaba caminando por un templo cuando vi a varias personas inclinándose levemente al entrar y saludar con una pequeña reverencia. Yo no sabía muy bien qué hacer, así que me limité a imitar discretamente. Más tarde, una señora mayor me sonrió, se acercó y me corrigió con mucha amabilidad: me explicó que no hacía falta exagerar, que bastaba con un gesto sincero. Terminamos charlando un rato en una mezcla de japonés básico y gestos universales. Esa pequeña interacción, que surgió de intentar respetar su costumbre, se convirtió en uno de los recuerdos más bonitos del viaje.
Además, entender la cultura local evita malentendidos tontos. En Marruecos, por ejemplo, si alguien te ofrece té y lo rechazas demasiado rápido, puede sonar descortés. En cambio, si sabes que la hospitalidad es sagrada, entiendes que ese té es más que una bebida: es un gesto de bienvenida.
No hace falta estudiarse una enciclopedia antes de viajar, pero sí vale la pena tener curiosidad, preguntar, observar. A veces, una sola palabra aprendida en el idioma local, o un gesto bien entendido, puede abrirte puertas que de otro modo estarían cerradas. Y eso, para mí, es uno de los mayores regalos de viajar.
Este consejo es válido incluso si viajas dentro del país. No todas los lugares tienen las mismas costumbres, ni el mismo ritmo de vida, ni las mismas maneras de relacionarse. A veces pensamos que por estar en el mismo país todo será familiar, pero basta con moverse unos cientos de kilómetros para notar diferencias en la forma de hablar, en la comida, en los horarios, en cómo se celebra una fiesta o incluso en el trato cotidiano.
Una vez que fui a Asturias, me senté en un bar a pedir un café después de comer. Lo pedí como siempre, «un cortado», y el camarero me miró con una sonrisa: «Aquí eso no se pide así, hombre, aquí es un ‘café con poquitín de leche'». Me lo dijo con tanto buen humor que nos echamos a reír y terminamos charlando un buen rato sobre cómo llaman al café en distintas regiones. Ese momento no habría pasado si no hubiera abierto la puerta a esa pequeña diferencia cultural.
Esas sutilezas son parte del encanto del viaje, aunque sea dentro del propio país. Observar, preguntar y adaptarse no solo demuestra respeto, también te enriquece como viajero. Porque al final, entender las costumbres de un sitio —por pequeñas que sean— es una forma de comprender mejor a las personas que viven allí. Y eso, en el fondo, es lo que hace que viajar sea tan especial.
No empacar estratégicamente
No empacar estratégicamente es uno de esos errores que parece menor… hasta que estás en el lugar equivocado, con el clima equivocado, y te das cuenta de que metiste tres pares de vaqueros y ni una chaqueta impermeable. A todos nos ha pasado alguna vez. Yo, por ejemplo, una vez fui a Edimburgo en primavera, pensando que con una sudadera estaría bien. Spoiler: no lo estaba. Entre la lluvia fina constante y el viento que se cuela por todos lados, terminé comprando una chaqueta de emergencia que, además de cara, era feísima. Pero me salvó.
Empacar estratégicamente no significa llevar media casa en la maleta, sino pensar con cabeza: revisar el clima, tener en cuenta las actividades que vas a hacer, llevar ropa versátil y, sobre todo, no olvidar lo esencial. A veces nos obsesionamos con los “por si acaso” y nos olvidamos de lo básico, como un adaptador de enchufe, medicación o una copia digital de los documentos importantes.
También está el clásico error de no dejar espacio para lo que puedas comprar durante el viaje. Volver con la maleta a reventar y tener que hacer Tetris en el aeropuerto no es nada divertido. Un poco de planificación antes de cerrar la maleta puede evitar muchos dolores de cabeza después. Y si dudas entre dos cosas, llévate la que sabes que vas a usar seguro, no la que «quizá» uses si todo se alinea perfectamente.
No saber qué hacer cuando las cosas van mal
Uno de los errores más comunes al viajar —y que puede aguarte el viaje de verdad— es no saber qué hacer cuando las cosas van mal. Y es que por muy bien que lo planifiques todo, siempre puede haber imprevistos: un vuelo cancelado, una reserva perdida, una mochila extraviada, o incluso algo tan simple como perderte en una ciudad desconocida sin conexión a internet.
Yo una vez me quedé tirado en una estación en el sur de Italia porque un tren fue cancelado sin previo aviso y mi «italiano» era una extraña mezcla de español, inglés y estribillos de canciones italianas. En ese momento, me di cuenta de que no tenía ni un plan B, ni sabía exactamente qué número de atención al cliente llamar, ni cómo explicar la situación sin que pareciera una escena de comedia. Al final, una señora muy amable me ayudó, pero pasé un buen rato sintiéndome completamente perdido.
Tener un pequeño plan de emergencia no es ser pesimista, es ser práctico. Por ejemplo, llevar apuntado el número de tu embajada, saber cómo contactar con tu seguro de viaje, tener algo de dinero en efectivo por si falla la tarjeta, descargar los mapas offline de la ciudad, o tener a mano las direcciones de los alojamientos en más de un lugar (no solo en el móvil, que justo puede quedarse sin batería en el peor momento).
Y lo más importante: mantener la calma. A veces, cuando algo sale mal, entramos en pánico y olvidamos que la mayoría de los problemas tienen solución, sobre todo si sabes a quién acudir o tienes a mano la información correcta. Un pequeño susto puede incluso convertirse en una buena anécdota… siempre que no te pille totalmente desprevenido.
Bien, ahora ya está todo listo para minimizar los contratiempos durante la temporada de vacaciones. ¡Buena suerte y siga viajando!














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